Muere Moncho Monsalve, un vallisoletano de corazón
Dicen que no es demasiado bueno ponerse a escribir en caliente (en ese caso en frio, que es como me ha dejado tu ausencia), pero no puedo dejar de darle vueltas a que hace poco más de 15 días estaba hablando contigo por teléfono, entrevistándote para el libro de la APDV, en el que la asociación que agrupa a los periodistas deportivos de Valladolid quiere homenajear a los entrenadores que han significado algo en el deporte de la ciudad y mostrar su legado, libro en el que tu tenías que tener un puesto ganado a pulso.
Y no puedo demorar el ponerme a contar lo que siento. Porque, aparte de que hablar contigo era zambullirse en un pozo sin fondo de conocimientos del deporte de la canasta, lo difícil era ser capaz de encarrilar el entusiasmo que, a pesar de tu edad, de tus 12 operaciones, de los 8 segundos que estuviste “en el otro lado” trasmitías en tu conversación.
Pudimos recordar un viaje en el que te acompañé a San Sebastián (tú, sin rótula y con muletas en medio de un proceso de recuperación dolorosísimo) y como nos trató tu madre en la casa que tu compraste en la calle Fermín Calbetón. Pudimos hablar de muchas cosas y habríamos hablado de muchas más en el viaje que nos prometiste para la presentación del libro.
Es fácil el recurso de que siempre se van los mejores, como si alguien estuviese capacitado para hacer una escala de bondades, pero en tu caso siempre podremos afirmar que se ha ido uno de los más sabios (no sólo en el mundo del basquet) y uno de los que vivieron la vida con más ganas y más entusiasmo.
Y gracias Yolanda, por como cuidaste a nuestro amigo.




